♡⭒。 𝓛𝓲𝓵𝓲𝓻𝓪𝓴𝓲 – 𝗔𝗖𝗧𝗢 3 。⭒♡

¡STOP! Antes de continuar la lectura debes haber leído en orden para mayor contexto:

 ACTO 1 

ACTO 2

AUTORA: Issy 𖹭

⚠️Aviso: Contenido para mayores de edad ⚠️

Ahora sí, trae tus palomitas y disfruta la lectura!

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El sonido de la puerta metálica cerrándose tras el Doctor Garaki resonó como un disparo lejano, dejando un silencio denso y pesado en el laboratorio. Solo quedaba el zumbido residual de los generadores y la respiración entrecortada de Tomura.

Shigaraki soltó la mano de Liliana lentamente, no porque quisiera, sino porque necesitaba ver. Necesitaba comprobar empíricamente que esto no era una alucinación inducida por el dolor de la cirugía.

Miró su propia palma. Estaba pálida, llena de pequeñas cicatrices, pero ya no sentía ese hormigueo maldito bajo la piel, esa vibración constante que le pedía convertir todo en polvo.

Levantó la vista. Liliana seguía allí, inmóvil, esperándolo. Sus ojos grandes y oscuros lo miraban con una devoción que rayaba en la locura. Ella sabía que él era inestable, sabía que un solo parpadeo, un solo fallo en su nuevo control, y ella se convertiría en una mancha de ceniza en el suelo. Y aun así, no retrocedía.

Shigaraki sintió una punzada de algo extraño en el pecho. No era gratitud. Era… hambre. Hambre de tocar.

—No te muevas —ordenó, su voz ronca arañando el silencio.

Liliana asintió, tensando la mandíbula, pero manteniendo los pies clavados en el cemento frío.

Tomura levantó la mano derecha de nuevo. Esta vez no buscó su mano. Buscó algo más vital. Más frágil.

Con una lentitud agonizante, acercó sus dedos al cuello de ella.

El pulgar rozó la piel suave debajo de su oreja. El índice. El medio. El anular. Y finalmente, el meñique.

Los cinco dedos hicieron contacto sobre la garganta de Liliana.

Ella cerró los ojos y contuvo el aliento, esperando el dolor abrasador, el desmoronamiento de su propia carne. Pero el dolor nunca llegó.

Lo que sintió fue el peso de la mano de él. La textura áspera de sus callos contra su piel fina. El calor febril que emanaba de su cuerpo tras el procedimiento.

Shigaraki observaba fascinado. Sus dedos rodeaban el cuello delgado, sintiendo el pulso acelerado de la arteria carótida golpeando contra su palma. Bum-bum. Bum-bum. Vida. Vida pura latiendo bajo su agarre, y él no la estaba destruyendo.

—Tan frágil… —murmuró Shigaraki, inclinándose más cerca, invadiendo su espacio vital hasta que su aliento chocó contra la frente de ella—. Podría apretar un poco, solo un pensamiento… y te desharías como arena entre mis dedos.

Liliana abrió los ojos. No había miedo en ellos, solo una intensidad que reflejaba la de él.

—Hazlo si quieres, Tomura —susurró ella, su voz vibrando contra la mano que la sujetaba—. Mi vida es tuya.

Esa respuesta pareció activar algo en el cerebro del villano. Una chispa de posesividad absoluta.

Shigaraki soltó una exhalación temblorosa, casi una risa seca. No quería destruirla. Por primera vez en su vida, tenía algo entre las manos que no quería romper. Quería… conservarlo.

Deslizó la mano desde su cuello hacia arriba, ahuecando su mejilla, enterrando sus dedos en el cabello oscuro cerca de la nuca. Acarició la piel suave de su pómulo con el pulgar, maravillado por la textura. Era suave. Cálida. Resistente.

—No —dijo él, y su tono bajó, volviéndose peligrosamente íntimo—. Antes eras útil porque eras prescindible. Si te rompías, podía conseguir otro peón.

Acercó su rostro al de ella, sus narices casi rozándose. Sus ojos rojos brillaban con una claridad aterradora.

—Pero ahora… ahora puedo tocarte sin que te rompas.

Apretó ligeramente los dedos en su nuca, tirando de ella hacia sí, reclamándola. No era un gesto romántico; era la marca de un dueño sobre su propiedad más valiosa.

—Eso significa que ya no tienes excusa para desaparecer —continuó, su voz llena de una promesa oscura—. Eres mía, Liliana. Mi objeto. Mi jugadora dos. Y vas a estar aquí, soportando mi tacto, hasta que yo decida que el juego ha terminado.

Liliana sintió que las rodillas le fallaban, no por debilidad, sino por la abrumadora sensación de pertenencia. Su don de sumisión vibró en su interior, respondiendo al dominio absoluto de él, pero esta vez no tuvo que fingir.

Levantó sus propias manos y, con timidez, agarró las muñecas de Shigaraki, aferrándose a él como si fuera su única ancla en el mundo.

—Soy tuya —confirmó ella, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla hasta tocar el dedo de él—. No me iré a ningún lado.

Shigaraki observó la lágrima mojar su piel. No la secó. Simplemente se quedó allí, sosteniendo su rostro, disfrutando de la novedad de la sensación, del poder de tenerla completamente a su merced sin la maldición de la destrucción interponiéndose entre ellos.

El Doctor le había dado el poder para destruir el mundo a voluntad. Pero en ese momento, en la penumbra del laboratorio, Tomura Shigaraki estaba descubriendo un poder mucho más adictivo: el poder de poseer.

—Bien —dijo él, soltándola bruscamente y dándose la vuelta, aunque su mano se demoró un segundo más de lo necesario en su cabello—. Tengo hambre. Y tenemos trabajo que hacer.

Caminó hacia la salida, cojeando ligeramente, con una nueva confianza en su paso.

—¿Vienes? —lanzó por encima del hombro, sin mirarla, sabiendo la respuesta.

Liliana se tocó la mejilla donde los cinco dedos de él habían dejado una marca invisible de calor. Sonrió, una sonrisa genuina y peligrosa.

—Sí, Tomura.


Habían pasado tres días desde la operación. Tres días en los que la puerta de la habitación privada de Shigaraki había permanecido cerrada a cal y canto.

En la sala común de la guarida, la tensión era un gas inflamable a punto de estallar.

—¡Me aburro! ¡Quiero ver a Tomura-kun! —gimió Himiko Toga, lanzando un cuchillo al techo, donde se clavó con un tunk seco junto a una docena de marcas anteriores—. Dijo que íbamos a romper cosas. ¿Por qué está escondido?

—¡Debe estar muerto! ¡No, está durmiendo la siesta! —exclamó Twice, caminando de un lado a otro, mesándose la máscara—. ¡Necesitamos órdenes! ¡Somos patos sentados aquí!

En el sofá desgastado, Dabi permanecía en silencio, pero su lenguaje corporal gritaba irritación. El fuego azul bailaba perezosamente entre sus dedos, iluminando las grapas de su piel.

La puerta del pasillo se abrió. Pero no fue Shigaraki quien salió.

Fue Liliana.

Llevaba una bandeja con los restos de una comida intacta. Su apariencia había cambiado sutilmente. Ya no caminaba pegada a las paredes. Su paso era firme, el mentón alto. Llevaba una camiseta negra demasiado grande para ella —que cualquiera con buen ojo reconocería como una de las viejas camisas de Shigaraki— usada casi como un estandarte.

Todos los ojos se clavaron en ella.

—¿Y bien? —ladró Spinner, el más leal a la causa, poniéndose de pie—. ¿Cómo está? Necesitamos hablar con él sobre el movimiento del Frente de Liberación.

Liliana se detuvo en el centro de la sala. No dejó la bandeja. Miró a Spinner, luego a Toga, y finalmente sus ojos se posaron en Dabi, que la observaba con desdén.

Activó su Modo Dominante, pero de una forma fría, administrativa. Proyectó un aura de Secretaria Ejecutiva del Infierno.

—Tomura está… calibrando —dijo Liliana con voz tranquila, pero con un tono que no admitía réplica—. No recibirá a nadie hoy.

El silencio se rompió con un bufido de desprecio.

Dabi se levantó del sofá. El calor en la habitación aumentó de golpe. Caminó hacia ella, su altura imponiéndose sobre la chica.

—¿”No recibirá a nadie”? —repitió Dabi, su voz goteando veneno—. ¿Desde cuándo tú das las órdenes, niña de los recados? Antes ni siquiera te atrevías a mirarnos a la cara.

Se acercó más, invadiendo su espacio. El olor a carne quemada y humo era intenso.

—Si Shigaraki tiene algo que decir, que salga y lo diga él. No necesito que su mascota me traduzca. —Dabi extendió una mano, y una llama azul brilló peligrosamente cerca del rostro de Liliana—. Ahora, apártate. Voy a entrar.

Era el momento de la verdad. La batalla interna. Si Liliana retrocedía, perdería su respeto para siempre. Si peleaba físicamente, Dabi la incineraría en segundos.

Liliana no retrocedió. Ni un milímetro.

En lugar de eso, intensificó su Don. Enfocó toda su energía psíquica en Dabi. No intentó seducirlo, ni intentó someterlo por miedo (Dabi no tenía miedo). Hizo algo más sutil: manipuló su percepción de Estatus.

«No soy la mascota. Soy la Llave. Si me quemas a mí, te quedas fuera. Si me tocas, lo insultas a Él».

Liliana levantó la vista hacia los ojos turquesa de Dabi y sonrió. No una sonrisa dulce, sino una sonrisa condescendiente, como la de una madre regañando a un niño berrinchudo.

—Adelante, Dabi —dijo ella suavemente—. Quémame.

La llama vaciló en la mano del villano.

—Pero te advierto —continuó Liliana, dando un paso hacia el fuego, desafiándolo—: Él acaba de aprender a tocar sin destruir. Está ansioso por probar su nuevo control… o la falta de él. Si interrumpes su concentración ahora, y si dañas lo que él considera “suyo”… no creo que quedes en condiciones de ver el nuevo mundo que estamos construyendo.

La sala contuvo el aliento. Toga dejó de jugar con sus cuchillos. Twice se tapó la boca.

Dabi la miró fijamente, buscando el miedo en sus ojos. No lo encontró. Solo encontró una certeza absoluta. Liliana hablaba con la autoridad prestada del Rey.

Por un segundo, la jerarquía de la sala se invirtió. La chica sin poderes de combate físico parecía intocable, protegida por una sombra invisible y monstruosa que se cernía sobre ella.

Dabi chasqueó la lengua y cerró el puño. El fuego se extinguió.

—Tch. Qué molestia —masculló, dando un paso atrás y volviendo a dejarse caer en el sofá, fingiendo desinterés—. Como sea. Si el jefe quiere jugar a las casitas contigo, es su problema. Solo avísame cuando decida actuar como un líder de verdad.

Liliana soltó el aire que había estado conteniendo, pero no dejó que se notara en su rostro. Había ganado.

—Les avisaré cuando él lo considere oportuno —dijo, barriendo la sala con la mirada.

Nadie más protestó. Toga la miraba con una mezcla de celos y admiración nueva. Spinner asintió respetuosamente, aceptando la cadena de mando.

Liliana se dio la media vuelta y caminó de regreso hacia el pasillo oscuro.

Justo antes de entrar, escuchó la voz rasposa de Shigaraki a través de la puerta entreabierta, lo suficientemente alta para que ella (y quizás los demás con oído agudo) la escucharan.

—Bien hecho, Lili.

Liliana cerró la puerta tras de sí, apoyando la espalda contra la madera, el corazón latiéndole a mil por hora. En el centro de la habitación en penumbra, Shigaraki estaba sentado en el borde de la cama, mirándose las manos.

—Son ruidosos —se quejó él, sin mirarla, pero con una comisura del labio ligeramente levantada—. Pero tú… tú eres un buen filtro de ruido.

Liliana dejó la bandeja y se acercó a él. La batalla afuera había sido agotadora, pero aquí dentro, la guerra era distinta.

—No dejaré que nadie te moleste hasta que estés listo, Tomura —prometió ella, arrodillándose junto a sus piernas, en su posición favorita: sumisa ante él, dominante ante el mundo.

Shigaraki extendió la mano y, con un movimiento ya más natural, le acarició la cabeza. No la desintegró.

—Diles que se preparen —murmuró Shigaraki, sus ojos brillando con malicia—. Mañana… salimos a cazar.


Han pasado cuatro meses desde aquella noche en el laboratorio. Cuatro meses que reescribieron el mapa del inframundo criminal de Japón.

La “Cacería” no fue una batalla; fue una masacre unilateral seguida de una coronación. La ciudad de Deika quedó reducida a escombros y leyenda. El Ejército de Liberación de Meta cayó de rodillas, no ante un diplomático, sino ante la decadencia absoluta. Re-Destro abdicó, Gigantomachia se inclinó, y Tomura Shigaraki ascendió como el Gran Comandante del nuevo Frente de Liberación Paranormal.

Pero mientras el mundo exterior temblaba ante el nuevo “Rey de los Villanos”, dentro de la mansión privada en la montaña Gunga, la verdadera revolución era silenciosa y tenía nombre de mujer.


La puerta doble de la suite principal se abrió de una patada suave.

Liliana entró. Ya no quedaba rastro de la chica del uniforme de mensajería gris ni de la ropa holgada que usaba para esconderse.

Su transformación era tan radical como la del propio Shigaraki. Vestía un corsé de cuero negro que se ceñía a su figura, pantalones tácticos ajustados y botas militares de plataforma que resonaban con autoridad sobre el suelo de madera noble. Su cabello oscuro caía en cascada, pero ahora llevaba un mechón teñido de blanco ceniza, un homenaje silencioso al hombre al que servía. Su mirada, delineada con kohl negro, era desafiante, depredadora.

En el centro de la habitación, Tomura estaba derrumbado en un sofá de terciopelo rojo que habían rescatado del saqueo. Estaba agotado. Controlar a un ejército de miles de villanos y mantener a raya el poder devastador de All For One que crecía en su interior le pasaba factura.

Estaba con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás.

Imagen creada con Google Gemini

Liliana no se anunció. No pidió permiso. Esos días habían muerto.

Caminó directamente hacia él. Al llegar al sofá, no se sentó en el cojín vacío a su lado. Con una naturalidad pasmosa, se deslizó entre las piernas abiertas de Shigaraki y se sentó sobre su regazo, dándole la espalda, apoyando su peso contra el pecho de él.

Tomura no abrió los ojos. Ni siquiera se tensó. Simplemente soltó un suspiro largo, como si el contacto físico de ella fuera lo único que lo anclaba a la tierra. Sus brazos, casi por instinto, rodearon la cintura de Liliana, sus manos descansando sobre el abdomen de ella. Diez dedos. Sin guantes. Sin miedo.

—Estás tenso —dijo Liliana. No era una pregunta.

Levantó una mano y la llevó hacia atrás, hundiendo sus dedos en el cabello revuelto de Shigaraki, masajeando su cuero cabelludo con fuerza, rascando suavemente justo donde él solía lastimarse.

—Re-Destro no se calla nunca —murmuró Shigaraki contra el cuello de ella, su voz amortiguada por el cabello de Liliana—. Habla de política, de imagen pública… Me da dolor de cabeza.

Liliana rió suavemente, una vibración que Shigaraki sintió en su propio pecho.

—Para eso me tienes a mí, ¿no? —Ella giró el cuello para mirarlo. Sus rostros quedaron a centímetros.

Sin dudarlo, Liliana acunó la mandíbula de Tomura con una mano, sus dedos rozando la cicatriz de su labio. Antes, habría temblado ante la idea de tocar su rostro. Ahora, lo hacía con la posesividad de quien toca algo que le pertenece por derecho divino.

Se inclinó y le mordió suavemente el labio inferior, un gesto atrevido, casi agresivo.

—Déjame encargarme de la reunión de mañana —susurró ella sobre su boca—. Tú descansa. Yo haré que se arrodillen. Con mi Don, creerán que la idea de callarse fue suya.

Shigaraki abrió los ojos perezosamente. El rojo rubí brillaba con una mezcla de agotamiento y deseo oscuro.

—Te estás volviendo arrogante, Lili —dijo él, pero su mano subió desde su cintura para trazar la columna vertebral de ella, apretando con fuerza.

—Aprendí del mejor —respondió ella con descaro.

Liliana se giró completamente en su regazo, quedando a horcajadas sobre él, enfrentándolo. Le quitó la mano que él tenía en su propio cuello (su viejo tic nervioso) y entrelazó sus dedos con los de él, forzándolo a bajar la mano.

—No te rasques —ordenó ella.

Era una orden. A Tomura Shigaraki, el villano más temido de Japón, nadie le daba órdenes. Excepto ella.

Y él obedeció.

Shigaraki dejó caer la cabeza hacia adelante, apoyando la frente en el hombro de Liliana, inhalando su aroma. Era el único lugar seguro en un mundo que él planeaba destruir. Ella era su “punto ciego”, la única cosa que no quería convertir en polvo.

—Tengo hambre —dijo él contra su clavícula, un eco de su vieja personalidad caprichosa, pero suavizado por la intimidad.

Liliana sonrió, acariciando la espalda encorvada de su Rey, sus uñas rasguñando suavemente la tela negra de su camisa.

—Lo sé. Pero primero… —Liliana se separó un poco, lo obligó a mirarla y lo besó. Fue un beso profundo, lento, con sabor a hierro y victoria. Un beso que decía: somos nosotros contra todos ellos.

Cuando se separaron, ella le limpió una mancha de polvo de la mejilla con el pulgar.

—Primero vas a dejar que te cure esas grietas de la piel. Luego comemos. Y luego… —Liliana bajó la voz, sus ojos brillando con malicia—… luego me dices a quién tengo que romperle la mente mañana.

Tomura la miró. En sus ojos ya no veía a una fanática asustada. Veía a su igual. A su reina.

—Está bien —concedió él, recostándose en el sofá y dejándola hacer, dejándola tomar el control, entregándose a la única sumisión que él toleraba: la de ella hacia él, y la de él hacia el tacto de ella.


La habitación estaba sumida en una penumbra elegante, iluminada apenas por el resplandor de la ciudad lejana que se filtraba por el ventanal panorámico.

En el sofá de terciopelo oscuro, la jerarquía del nuevo Frente de Liberación Paranormal estaba clara. Tomura Shigaraki estaba sentado con las piernas abiertas, una mano enguantada descansando con posesividad sobre la cadera de Liliana.

Ella yacía recostada sobre su regazo, boca abajo, con la espalda arqueada en una postura de total abandono y confianza. El vestido negro se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, y sus tacones colgaban perezosamente del borde del sofá. El ambiente era denso, cargado de una electricidad estática que nada tenía que ver con los Dones y todo que ver con lo que acababa de ocurrir —o iba a ocurrir— entre ellos.

Tomura trazaba círculos distraídos en el muslo de ella, disfrutando de su nueva capacidad para tocar sin destruir.

—Mañana… —empezó a decir Shigaraki, su voz ronca y relajada.

BZZZZT.

El sonido no fue fuerte, pero en el silencio de la suite, sonó como un disparo.

La enorme pantalla de pared, que había estado apagada y negra frente a ellos, cobró vida con un parpadeo de estática verde y negra. No apareció una imagen clara, solo una frecuencia de audio visualizada, una onda de sonido que oscilaba con una calma aterradora.

—Veo que estás… ocupado, Tomura.

La voz. Esa voz profunda, caballerosa y absolutamente asfixiante llenó la habitación.

El cuerpo de Shigaraki se tensó instantáneamente bajo Liliana. Sus dedos, que un segundo antes acariciaban, se clavaron con fuerza en la pierna de ella, no para lastimar, sino por puro reflejo de defensa.

—Sensei… —gruñó Shigaraki. No se movió. No empujó a Liliana. Clavó sus ojos rojos en la pantalla con una mezcla de irritación y odio—. Tienes un pésimo sentido de la oportunidad.

—El tiempo es un lujo que no tenemos, mi querido sucesor —respondió All For One desde el Tártaro, o desde donde sea que su conciencia estuviera proyectándose a través de la red del Doctor—. Y el ocio… el ocio engendra debilidad.

La onda de sonido en la pantalla pareció “mirar” hacia abajo, hacia la figura femenina que ocupaba el regazo de su heredero. Aunque All For One no tenía ojos físicos allí, la sensación de estar siendo escaneados por una presencia milenaria fue aplastante.

Cualquier otra persona habría saltado del sofá y se habría postrado en el suelo temblando.

Liliana no lo hizo.

Lentamente, con una gracia felina y calculada, giró la cabeza sobre el regazo de Tomura. Sus ojos, delineados y oscuros, miraron fijamente a la pantalla. No se cubrió. No se bajó. Mantuvo su posición, reclamando su lugar físico sobre el cuerpo del Rey.

Activó su Aura Camaleónica en modo defensivo al máximo, envolviendo su mente en una fortaleza de hielo, sabiendo que AFO podía oler el miedo.

—Ah… la chica —la voz de AFO destilaba una curiosidad venenosa—. La que se esconde a plena vista. El Doctor me ha contado cosas interesantes sobre tu… mascota camaleónica.

—No es una mascota —cortó Shigaraki, su voz afilada como una navaja. Su mano se deslizó protectoramente sobre la espalda baja de Liliana—. Y no es asunto tuyo.

Hubo una pausa. Una risa suave y grave emanó de los altavoces.

—El apego es una emoción humana curiosa, Tomura. Puede ser un combustible… o una cadena. Asegúrate de que ella sea lo primero, y no lo segundo.

La pantalla parpadeó, mostrando brevemente la silueta distorsionada del hombre del traje y la máscara de soporte vital, superpuesta sobre la estática.

—Los héroes se están movilizando. La Comisión de Seguridad ha captado el olor de la sangre. Disfruta de tus juegos esta noche, Tomura… porque pronto, el escenario requerirá toda tu atención. No me decepciones.

—Cállate —masculló Shigaraki, pero la pantalla ya se había apagado, devolviendo la habitación a la penumbra.

El silencio que siguió fue diferente. Ya no era íntimo; era tenso. La sombra de All For One se había colado entre las sábanas de seda y el terciopelo.

Shigaraki dejó caer la cabeza hacia atrás, soltando un suspiro de frustración pura, sus dientes rechinando.

Liliana sintió la tensión en los músculos de él. Sabía que el momento romántico se había roto, pero también sabía que este era un momento crítico. Se incorporó lentamente, quedando sentada sobre las piernas de él, y puso sus manos sobre los hombros tensos de Tomura, obligándolo a mirarla.

—Es solo un fantasma en una máquina, Tomura —susurró ella, con esa nueva voz firme y seductora, borrando el eco de la voz del Maestro—. Tú estás aquí. Tú eres real.

Se inclinó y lo besó, no con suavidad, sino con hambre, desafiando la advertencia de AFO.

—Y yo soy tu combustible —añadió contra sus labios—, no tu cadena.

Shigaraki la miró por un largo segundo, y luego, una sonrisa torcida y malvada volvió a su rostro.

—Entonces demuéstralo —dijo él, volviendo a poner sus manos sobre ella, borrando al resto del mundo—. Que se joda el Sensei.

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Hasta aquí la historia del acto 3. FUEGOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO🔥🔥🔥

Yo estoy como el audio de TikTok JAJA… ¿Ya saben cuál? ¡Déjenme sus comentarios, los leo y la autora también!

¡Hasta la próxima lectura!

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