♡⭒。 𝓛𝓲𝓵𝓲𝓻𝓪𝓴𝓲 – 𝗔𝗖𝗧𝗢 2 。⭒♡

¡STOP! Antes de continuar debes haber leído el ACTO 1 de Liliraki para entender el contexto.

AUTORA: Issy 𖹭

Ahora sí, trae tus palomitas y disfruta la lectura!

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El suave zumbido del ascensor era el único sonido mientras los números rojos descendían en el panel.

Nivel -1… -2… -3…

En ese breve trayecto vertical, la transformación de Liliana fue completa. Se alisó el uniforme de mensajería barato como si fuera un vestido de alta costura. Se pasó los dedos por el flequillo, acomodando cada mechón oscuro en su lugar. Su respiración se volvió lenta, profunda, rítmica.

Ya no necesitaba ser pequeña. En las profundidades, donde no había testigos civiles ni héroes de alto rango, podía permitirse ser grande.

Ding.

Las puertas de acero reforzado se deslizaron hacia los lados.

—¡Quieta! —El grito fue inmediato.

Un guardia de seguridad de élite, armado con un rifle de asalto y protegido con armadura táctica completa, estaba plantado justo frente al ascensor. No era un robot; era un hombre entrenado para situaciones de máxima alerta. El cañón del arma apuntaba directamente al pecho de Liliana.

—¡Manos arriba! ¡Identifíquese! —bramó el guardia, su dedo tensándose en el gatillo. Por el intercomunicador de su casco, Liliana escuchó el crepitar de una solicitud de refuerzos.

Cualquier persona normal se habría congelado. Liliana, en cambio, dio un paso adelante.

En ese instante, activó el Modo Dominante.

No hubo luces, ni rayos de energía. Fue un cambio en la presión atmosférica de la habitación, una onda expansiva invisible que emanó de su cuerpo. Sus ojos marrones, antes llorosos y huidizos, se clavaron en los del guardia con una intensidad abrasadora. Su postura irradiaba una autoridad absoluta, mezclada con un magnetismo sexual y carismático tan denso que casi se podía masticar.

—Shhh… —Liliana se llevó un dedo a los labios, curvando la boca en una sonrisa lenta y devastadora.

Imagen creada con Google Gemini

El guardia parpadeó. Su cerebro, entrenado para combatir amenazas físicas, no sabía cómo procesar lo que tenía enfrente. De repente, la chica del ascensor no parecía una intrusa. Parecía… importante. Parecía alguien a quien él debía conocer. Alguien a quien él quería desesperadamente complacer.

El cañón del rifle bajó unos centímetros, temblando.

—Pero… usted no tiene autorización… —balbuceó el hombre, su voz perdiendo la agresividad militar, reemplazada por una confusión casi infantil.

Liliana caminó hacia él. No corrió, no se cubrió. Caminó directo hacia el arma, con la confianza de una reina entrando en su salón del trono.

—Baja eso, cariño —dijo ella. Su voz era seda líquida, envolvente, dulce pero cargada de una orden imperativa—. Te ves muy tenso. No querrás lastimar a lo único bonito que verás en este agujero oscuro, ¿verdad?

Llegó hasta él y puso una mano suavemente sobre el cañón del rifle, empujándolo hacia el suelo. El guardia no se resistió. Sentía un calor en el pecho, una euforia extraña al estar cerca de ella. Su instinto de protección se había invertido: ahora quería protegerla a ella de cualquier cosa, incluso de sus propias órdenes.

—Yo… no quiero lastimarla —admitió el guardia, quitándose el casco para verla mejor. Estaba sudando.

—Lo sé —Liliana le acarició la mejilla con el dorso de la mano. El hombre cerró los ojos al contacto, totalmente seducido por el aura—. Eres un buen chico. Ahora, sé un buen chico y ábreme esa puerta.

Señaló la celda de cristal blindado al final del pasillo.

El guardia dudó un segundo, luchando contra su entrenamiento.

—El prisionero… es peligroso.

Liliana se inclinó hacia él, susurrando en su oído.

—Hazlo por mí. ¿No quieres verme feliz?

La resistencia del guardia se rompió como cristal barato. Asintió, aturdido, y caminó hacia la consola de seguridad como un autómata enamorado. Sus dedos teclearon el código de anulación.

Clank. Ssssssh.

La puerta de la celda se abrió.

Dentro, el Doctor Kyudai Garaki estaba sentado en su catre, observando la escena con una mezcla de fascinación científica y repulsión. El anciano se ajustó las gafas redondas mientras Liliana entraba en la celda.

—Impresionante —cacareó el Doctor con su voz rasposa—. Control de masas basado en la alteración de la jerarquía social percibida. Un don muy… villano, jovencita.

Liliana ignoró el cumplido. Su sonrisa dulce desapareció en cuanto le dio la espalda al guardia, volviendo a una expresión de eficiencia fría.

—Muévase, Doctor. Shigaraki se impacienta —ordenó secamente.

Garaki se levantó con dificultad. Liliana se giró hacia el guardia, que seguía de pie junto a la consola, mirándola con adoración perruna, esperando su próxima orden, esperando una migaja de atención.

—¿Y ahora qué, mi señora? —preguntó el guardia, con una sonrisa boba en la cara.

Liliana lo miró. Podría dejarlo ahí. Podría noquearlo. Pero necesitaba salir de la U.A., y tener un escudo humano con uniforme y acceso a las salidas de emergencia era mucho mejor.

—Ahora nos vas a escoltar a la salida, guapo —dijo Liliana, volviendo a encender el encanto, aunque sus ojos permanecieron gélidos—. Y si alguien nos pregunta… tú eres quien nos está trasladando por órdenes superiores. ¿Entendido?

—Sí… entendido —respondió el guardia, cargando su arma y poniéndose en posición de escolta para proteger a la intrusa y al prisionero.

Liliana miró al Doctor y le guiñó un ojo.

—Andando. El taxi nos espera.

El trío comenzó a moverse hacia el ascensor de carga del fondo. Liliana caminaba en el centro: protegida por la fuerza bruta de un guardia corrompido y acompañada por la mente maestra que Shigaraki tanto deseaba.

Había entrado como un ratón. Estaba saliendo como la dueña del lugar.


El aire en la guarida de la Liga de Villanos estaba viciado, cargado de polvo, humedad y ese olor metálico persistente que siempre acompañaba a Shigaraki. El contraste con la esterilidad clínica de la U.A. no podía ser mayor, pero para Liliana, este aire pesado era el único que llenaba sus pulmones de verdad.

La puerta se abrió con un chirrido oxidado.

Liliana entró primero. Su uniforme de mensajería estaba arrugado, y el sudor frío de la tensión acumulada le pegaba la ropa a la espalda, pero su cabeza estaba alta. Detrás de ella, refunfuñando y ajustándose las gafas, entró el Doctor Kyudai Garaki.

—Qué lugar tan… encantador —masculló el anciano con sarcasmo, mirando las vigas expuestas y las sombras en las esquinas.

Al fondo de la habitación, la figura encorvada de Tomura Shigaraki no se movió de inmediato. Estaba de espaldas, jugando con una baraja de cartas que se deshacía lentamente entre sus dedos, convirtiéndose en ceniza gris sobre la barra.

Imagen creada con Google Gemini

—Llegas tarde —dijo Shigaraki. Su voz era un rasguño seco, carente de emoción.

Liliana sintió un nudo en el estómago. No hubo un “¿estás bien?”, ni un “¿tuviste problemas?”. Solo la exigencia del resultado.

—La seguridad era más estricta de lo previsto —respondió Liliana, esforzándose para que su voz no temblara. Dio un paso a un lado, revelando su trofeo—. Pero aquí está. Intacto.

Shigaraki detuvo sus manos. Giró lentamente sobre el taburete. Sus ojos rojos, enmarcados por la piel seca y las cicatrices, pasaron por encima de Liliana como si ella fuera transparente e ignoraron su presencia por completo para clavarse en el Doctor.

—Doctor —dijo Shigaraki, y por primera vez, hubo un atisbo de interés real en su tono—. Espero que tu cerebro siga funcionando después de pasar tiempo con esos hipócritas.

—¡Bah! —El Doctor Garaki avanzó, arrastrando los pies, pero con una sonrisa retorcida—. Esos “héroes” no entienden mi arte. Pero tú… tú estás listo para la siguiente fase, ¿verdad, Tomura?

Shigaraki se levantó. La atmósfera en la sala cambió. La presencia del villano se expandió, llenando cada rincón con una sed de sangre palpable.

—Estoy cansado de esperar. Quiero el poder. Ahora.

Mientras los dos hombres comenzaban a hablar de procedimientos, tubos y dolor, Liliana se quedó parada cerca de la puerta. Se sentía vaciarse. La adrenalina de la infiltración se había evaporado, dejándola solo con el agotamiento. Había caminado entre leones, había sometido mentes, había burlado a Eraserhead… y ahora volvía a ser un mueble en la habitación.

«Soy una herramienta. Solo una herramienta», pensó, bajando la mirada, sintiendo que la oscuridad de su propia mente la tragaba. Dio medio paso hacia atrás, dispuesta a retirarse a las sombras, a desaparecer como siempre.

—Oye.

La palabra cortó el aire. Liliana se congeló.

Levantó la vista. Shigaraki ya no miraba al Doctor. La estaba mirando a ella. Directamente a los ojos.

Tomura dio dos pasos hacia ella, ignorando las protestas del Doctor sobre los preparativos. Se detuvo justo en el límite de su espacio personal, invadiéndolo con su olor a muerte y decadencia.

Liliana contuvo el aliento, su corazón latiendo desbocado. ¿Había hecho algo mal? ¿Iba a castigarla por tardar?

Shigaraki inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado, observándola con una curiosidad clínica, casi como si estuviera viendo una nueva especie de Nomu que había superado las expectativas.

—Kurogiri dijo que Aizawa estaba de guardia hoy —murmuró Shigaraki.
—Lo estaba —susurró Liliana.
—¿Y tú entraste, sacaste a este viejo saco de huesos y saliste caminando por la puerta principal? ¿Sin pelear?
—Sí, Tomura.

Una sonrisa lenta, espeluznante y genuina se extendió por el rostro de Shigaraki. La piel alrededor de sus labios se estiró dolorosamente. Levantó una mano. Liliana no se estremeció esta vez, aunque sabía que esos cinco dedos podían terminar con su existencia.

Shigaraki no la tocó. Dejó su mano suspendida a milímetros de la mejilla de Liliana, sintiendo el calor de su piel sin hacer contacto físico. Era un gesto de control, pero también de una extraña y retorcida aprobación.

—No eres tan inútil después de todo, NPC —dijo suavemente, usando su jerga de videojuegos, pero el tono carecía del desprecio habitual. Había algo nuevo allí. Posesividad—. Mantente cerca. Cuando mi cuerpo esté completo… voy a necesitar a alguien que me quite a las moscas de encima sin hacer ruido.

Bajó la mano y se dio la vuelta bruscamente, volviendo con el Doctor.

—Prepara la máquina, Doc. Empezamos esta noche.

Liliana se quedó allí, de pie en medio de la guarida lúgubre. Sus piernas temblaban, pero no de miedo. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, floreció en sus labios.

“No eres tan inútil”.

Para el resto del mundo, era un insulto. Para ella, viniendo del futuro rey de la destrucción, era una coronación. Había pasado la prueba.

Se apoyó contra la pared, observando la espalda de Shigaraki mientras él planeaba el fin del mundo. Ella sería su sombra. Su serpiente. Y ay de aquel que intentara interponerse en su camino.


Pasaron semanas. Semanas en las que la guarida se llenó del zumbido constante de generadores y el olor acre de los químicos del Doctor Kyudai.

El proyecto no era simplemente “hacerlo más fuerte”. El Doctor le explicó a Liliana, mientras ella hacía guardia junto al tanque de estasis, que el problema de Tomura no era la falta de poder, sino la fuga de poder.

—Es como un grifo roto que no se puede cerrar, mi querida niña —había dicho el Doctor, mirando con orgullo el cuerpo de Shigaraki flotando en el líquido verde—. Su Deterioro siempre está activo. Eso consume su cuerpo, agrieta su piel, corroe su mente. Es ineficiente.

El objetivo de la operación era una reconstrucción celular completa: crear un “cuerpo contenedor” capaz de albergar no solo su Don original, sino el poder de All For One en el futuro. Para lograrlo, el Doctor tuvo que reescribir el código genético de Shigaraki para que su destrucción dejara de ser un reflejo involuntario y se convirtiera en un acto de voluntad consciente.


La noche que el proceso terminó, la tormenta azotaba los ventanales del laboratorio secreto. El líquido del tanque comenzó a drenarse. Los cables se soltaron con siseos de vapor.

Liliana estaba ahí, como siempre. Había dormido apenas unas horas en el suelo, negándose a dejarlo solo con el Doctor.

La compuerta de cristal se abrió. Shigaraki cayó de rodillas al suelo frío, tosiendo líquido, su cuerpo humeante y tembloroso. Su piel, antes seca y agrietada, parecía extrañamente… calmada. Aún pálida, aún marcada, pero las grietas profundas alrededor de sus ojos y cuello parecían haberse sellado ligeramente.

Imagen creada con Google Gemini

—Tomura… —Liliana dio un paso adelante, pero se detuvo. El instinto le gritaba que él seguía siendo la muerte encarnada.

Shigaraki respiró hondo, una bocanada de aire rasposa. Miró sus propias manos. Sentía un poder inmenso bullendo en su interior, pero algo faltaba. Esa picazón constante, esa necesidad de rascarse porque la destrucción quería salir… se había ido.

—¿Qué… qué me has hecho? —gruñó, su voz más profunda, vibrante.

Agarró el borde metálico de la camilla para levantarse. Sus cinco dedos se cerraron sobre el metal.

Liliana contuvo el aliento, esperando el sonido del metal oxidándose y convirtiéndose en polvo. Esperando el colapso.

Pero no pasó nada.

El metal siguió siendo metal. Frío, sólido, intacto bajo los cinco dedos de Shigaraki.

Tomura se congeló. Sus ojos rojos se abrieron de par en par, mirando su propia mano con horror y confusión.

—¡No funciona! —rugió, girándose hacia el Doctor con una furia asesina—. ¡Me has quitado mi Don! ¡Me has roto!

Se lanzó hacia el Doctor, agarrándolo por la bata con la mano derecha. Cinco dedos presionando el pecho del anciano.

El Doctor ni siquiera parpadeó, sonriendo como un maníaco.

—No te lo quité, Tomura. Lo perfeccioné.

Shigaraki apretó los dientes, y en ese momento de pura intención asesina, deseó que el Doctor desapareciera.

CRACK.

La bata del Doctor se desintegró en un instante, y la piel de su pecho comenzó a agrietarse, pero Shigaraki soltó el agarre justo a tiempo, retrocediendo, asustado de su propio control.

—Ahora tienes el control —susurró el Doctor, ajustándose las gafas—. Ya no eres una fuga de gas. Eres el interruptor. Destruyes solo lo que quieres destruir. El resto… puede existir.

Shigaraki miró su mano de nuevo, la respiración agitada. La incredulidad luchaba con la comprensión. Podía tocar. Podía sujetar. Podía existir sin destruir.

La sala quedó en silencio. Shigaraki estaba de pie, procesando su nueva realidad.

Liliana, que había observado todo desde la sombra, sintió que el corazón le latía en la garganta. Esta era su oportunidad. La única que tendría jamás.

Sin pedir permiso, sin activar su don de sumisión, simplemente siendo ella misma, caminó hacia él.

—Tomura —dijo suavemente.

Él se giró bruscamente, a la defensiva.

—No te acerques —advirtió por costumbre.

Pero Liliana no se detuvo. Llegó hasta él, ignorando el peligro, ignorando que él acababa de casi matar al Doctor. Se detuvo a centímetros de él. Levantó su mano y, con una lentitud deliberada, la extendió hacia la mano de él que colgaba a su costado.

Shigaraki la miró, tenso. Podía desintegrarla en un pensamiento. Pero en ese momento, su mente estaba en blanco.

Los dedos de Liliana rozaron los de él. Piel contra piel.

No hubo dolor. No hubo polvo. Solo calor.

Ella entrelazó sus dedos con los de él. Fue un contacto torpe, extraño. La mano de Shigaraki era fría, áspera, pero sólida. Él no la apartó. Se quedó mirando sus manos unidas con una expresión que Liliana nunca había visto en él: asombro.

Imagen creada con Google Gemini (Las manos… xd)

—No te estoy rompiendo —murmuró él, casi para sí mismo.

—No —respondió Liliana, apretando suavemente su mano, levantando la vista para encontrar sus ojos rojos—. Ahora puedes elegir.

Por primera vez en su vida, Tomura Shigaraki estaba tocando a otro ser humano sin matarlo. Y Liliana, la chica que se hacía invisible para el mundo, era la única cosa real que él podía sentir.

El silencio entre ellos se cargó de una electricidad nueva. Ya no era solo amo y sirviente. Era algo táctil. Algo peligrosamente íntimo.

Shigaraki no sonrió, pero tampoco soltó su mano. En lugar de eso, su pulgar, de forma vacilante, casi inconsciente, rozó el dorso de la mano de ella. Un movimiento torpe, una caricia accidental que valía más que mil palabras.

—Doctor —dijo Shigaraki sin dejar de mirar a Liliana, su voz baja y ronca—. Déjanos.

El Doctor Kyudai soltó una risita baja y se retiró a las sombras del laboratorio, dejando al Rey de los Villanos y a su Reina Camaleónica solos, unidos por el simple y milagroso acto de tomarse de la mano.

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Hasta aquí la historia del acto 2. ¿Qué va a pasaaaaaaaaaaaaaaaar? Déjame tus teorías 7u7r

Hice una encuesta en mis redes sociales, al parecer prefieren que las historias salgan entre semana. Me voy a esforzar para que tanto la siguiente ruta de 7’sCarlet salga la próxima semana, quizás en Miércoles y Liliraki en Viernes, o quizás uno en Martes y otro en Jueves… Aún lo estoy considerando!

Déjenme sus comentarios, a la autora también le gustaría saber qué piensan de toda esta historia.

¡Hasta la próxima lectura!

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