♡⭒。 𝓛𝓲𝓵𝓲𝓻𝓪𝓴𝓲 – 𝗔𝗖𝗧𝗢 𝟭 。⭒♡

Antes que nada, quiero agradecer a Issy quien es la mente delulosa detrás de todo esta historia. ¡Me encantó mi regalo! Muchas muchas gracias y ⟡˙⋆¡Feliz cumpleaños a mí! ⋆˙⟡

Para el mundo, la Liga de Villanos es una amenaza terrorista; para Lili, es el único hogar que ha conocido. Ella ha estado al lado de Shigaraki desde que él no era más que un joven roto escondido en bares de mala muerte, antes de que su nombre provocara escalofríos en los héroes. Se enamoró no de su poder, sino de su vacío: esa convicción absoluta de que el mundo debe ser destruido para ser purificado.

Lili vive al margen del sistema por elección y por rechazo. Su don, el Aura de Sumisión, la hacía sentir como un monstruo entre la gente común, pero bajo el mando de Tomura, se siente como un arma necesaria.


Lili observa a Shigaraki mientras él se rasca el cuello con violencia, sus ojos rojos fijos en las pantallas que muestran la gloria de la Academia. Ella se acerca con cautela, llevando un informe sobre los puntos ciegos de la seguridad del distrito central. Sus dedos rozan la mesa cerca de la mano de él, anhelando un contacto que sabe que podría ser mortal, o peor, ignorado.

—Tomura… —susurra ella, su voz cargada de una ternura que él nunca le ha pedido—. Todo está listo. Si me lo pides, puedo silenciar a toda la guardia antes de que te sientan llegar.

Shigaraki ni siquiera gira la cabeza. Sus ojos, enmarcados por las ojeras de quien no duerme por planear la destrucción, siguen clavados en el monitor. —No necesito que los silencies, Lili —responde él con una voz seca y quebradiza—. Necesito que los detengas el tiempo suficiente para que sientan cómo sus cimientos se desmoronan. Eres mi pieza de contención, nada más. No te confundas.

Lili baja la mirada, ocultando el dolor tras sus ojos dorados. Para él, ella es una herramienta eficiente, una variable en su ecuación de caos. Sin embargo, ella acepta ese desprecio como si fuera un regalo. Si ser un medio para su fin es la única forma de estar cerca de él, lo aceptará hasta que el mundo se convierta en cenizas.


Hace años, mucho antes de los áticos de lujo y los planes de colapso sistémico, solo había hambre y el frío cemento de los suburbios. Lili huía de un grupo de hombres que habían intentado aprovecharse de su soledad; había usado su Aura de Sumisión por primera vez de forma consciente, dejando a sus perseguidores de rodillas, babeando y con la mirada vacía en un trance de obediencia absoluta.

Pero el esfuerzo la había dejado exhausta. Se desplomó al final de un callejón sin salida, rodeada de bolsas de basura y el olor a metal oxidado.

—Es un don patético —dijo una voz rasposa desde las sombras.

Lili levantó la vista, temblando. Allí estaba él. Un adolescente flaco, con el cabello celeste enmarañado y una capucha que apenas ocultaba unos ojos rojos que ardían con un odio más puro que cualquier cosa que ella hubiera visto jamás. Se rascaba el cuello con una saña que dejaba costras a la vista.

—¿Quién eres? —logró decir ella.

—Nadie. Como tú —respondió el chico, acercándose. Se detuvo a unos pasos y señaló con un dedo largo y seco a los hombres que aún balbuceaban a lo lejos—. Los obligas a adorarte, a obedecerte… pero eso no quita el asco que sientes por ellos. Solo estás posponiendo lo inevitable.

Imagen creada con Google Gemini

Él extendió su mano hacia una tubería de metal que sobresalía de la pared. En cuanto sus cinco dedos hicieron contacto, el metal se agrietó, se volvió ceniza y se desmoronó en un instante. Lili se quedó sin aliento. No era un don de control, era un don de finales.

—El mundo es una basura que se ríe de nosotros —continuó él, fijando su mirada roja en los ojos dorados de Lili—. Yo voy a destruirlo todo. Cada ladrillo, cada héroe sonriente, cada regla estúpida que dice que tú y yo somos los “defectuosos”.

Lili, que siempre había sido tratada como una anomalía o una herramienta, sintió por primera vez que alguien le hablaba con la verdad. No hubo promesas de salvación, solo la promesa de que el dolor sería compartido y luego repartido al resto del mundo.

—Si me sigues, puede que mueras —sentenció él, dándose la vuelta para marcharse—. Pero al menos verás cómo cae el telón.

Lili no lo dudó. Se puso de pie, ignorando el dolor de sus rodillas, y lo siguió. En ese callejón húmedo, mientras caminaba tras la silueta encorvada de aquel joven que se hacía llamar Shigaraki Tomura, ella entregó su voluntad no por su don, sino por voluntad propia. Se enamoró de la oscuridad que prometía no dejarla sola nunca más.

El brillo de las pantallas del ático devuelve a Lili a la realidad. Shigaraki sigue allí, rascándose el cuello, ignorándola. Ella sonríe con tristeza; prefiere ser su herramienta en este ático que una reina en cualquier otro lugar.


El recuerdo se disipó como humo cuando la voz rasposa de Shigaraki la trajo de golpe a la realidad. No había calidez en su tono, solo esa impaciencia crónica que siempre parecía picarle debajo de la piel.

Él estaba sentado en uno de los taburetes desgastados, con la espalda encorvada, sosteniendo una fotografía arrugada entre el pulgar y el índice; el meñique, como siempre, levantado con esa precaución automática y letal.

—… Los héroes creen que lo tienen a salvo detrás de los muros de la U.A. —dijo, lanzando la foto sobre la barra hacia ti. Se deslizó hasta detenerse frente a tus manos. Era un hombre mayor, con gafas gruesas y aspecto nervioso: el Doctor Kyudai, una pieza clave del laboratorio que los héroes habían desmantelado—. Piensan que lo están “protegiendo” para interrogarlo, pero lo único que están haciendo es pausar mi ascenso.

Shigaraki se rascó el cuello con violencia, el sonido de sus uñas contra la piel seca llenó el silencio de la habitación.

—Esos experimentos… quedaron a medias —murmuró, más para sí mismo que para ella, con los ojos inyectados en sangre fijos en la nada—. Mi cuerpo todavía no está listo. Necesito que él termine lo que empezó antes de que All Might y su basura de sociedad interrumpieran el proceso.

Se levantó lentamente y caminó hacia ella. Su presencia era asfixiante, una mezcla de muerte y poder puro. Se detuvo a escasos centímetros, invadiendo su espacio personal. Podía oler el polvo y la decadencia que lo rodeaba.

Levantó la mano derecha y la acercó a su rostro. No la tocó, pero sintió el frío que emanaba de sus dedos. Dejó su mano suspendida cerca de su garganta, con los cinco dedos abiertos, como una amenaza silenciosa.

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—Escúchame bien, Lili —susurró, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente suave—. Entrar a la U.A. es una misión suicida para cualquiera. Por eso te envío a ti. Porque eres… prescindible si no eres útil.

Sus ojos rojos se clavaron en los suyos, buscando cualquier rastro de duda.

—Si fallas, no te molestes en volver. Y si te atrapan… asegúrate de que no quede nada de ti que puedan usar. Porque si regresas con las manos vacías, o si delatas mi posición… —Sus dedos se cerraron en el aire, simulando el efecto de su Don—. El dolor de desintegrarte poco a poco será un alivio comparado con lo que te haré por haberme hecho perder el tiempo.

Bajó la mano y le dio la espalda, volviendo a su taburete como si la conversación le hubiera aburrido de repente.

—Tráeme al doctor. Vivo. El resto de la academia puede arder. Ahora, lárgate.


Liliana cruzó el umbral de la puerta trasera del bar, dejando atrás la penumbra cargada de polvo y la presencia asfixiante de Shigaraki. El aire fresco de la calle la golpeó, pero no logró disipar el calor residual de la amenaza que aún le quemaba en la piel.

«Si fallas, no vuelvas».

La advertencia de Tomura no era un freno, sino gasolina. Él era el único ser ante el cual su sumisión era genuina, no una actuación. Ante él, ella quería ser pequeña, ser útil, ser suya.

Se detuvo frente al escaparate sucio de una tienda cerrada. Su reflejo le devolvió la mirada: una chica joven, con el cabello oscuro y largo cayendo en ondas suaves, un flequillo que enmarcaba unos ojos grandes y expresivos, y una camiseta rosa pastel que acentuaba una apariencia casi infantil, inofensiva.

Era linda. Muy linda. Y durante años, eso había sido un problema. Pero desde que despertó su Don, su belleza se había convertido en la llave de dos cerraduras diferentes.

—El Doctor… —susurró, probando la misión en sus labios.

No solo iba a ser una sombra. Iba a ser una serpiente.

Liliana cerró los ojos un segundo, centrando su energía. Primero, la defensa. Exhaló, dejando caer los hombros, encorvando ligeramente la espalda. Su expresión se volvió vacía, huidiza. Activó la Faceta Sumisa de su aura.

«Soy nadie. Soy aire. No merezco tu mirada».

Se metió las manos en los bolsillos, sintiendo el frío del dispositivo de hackeo, y caminó hacia la estación de tren. Se movía por los márgenes de la acera, cediendo el paso a todos. La gente pasaba a su lado, sus ojos resbalando sobre ella como si fuera parte del mobiliario urbano. Un hombre de traje casi choca con ella y ni siquiera se disculpó; su cerebro simplemente registró un obstáculo irrelevante y lo rodeó. Perfecto.

Subió al tren, ocupando el mínimo espacio posible en un rincón. Mientras el paisaje urbano pasaba rápido por la ventana, acercándose a la imponente U.A., Liliana pensó en la segunda parte de su plan.

Una vez dentro, si las cosas se complicaban, si alguien veía más allá de su disfraz de “nadie”… entonces tendría que usar la otra cara de la moneda.

Miró su reflejo tenue en la ventana del tren. Un destello diferente, frío y calculador, brilló en sus ojos marrones por un instante.

«Si no puedo ser invisible… seré irresistible».

Sabía que podía hacerlo. Podía entrar en una habitación y hacer que el guardia más estoico sintiera una necesidad imperiosa de abrirle la puerta, solo porque ella lo miraba de esa manera. Podía hacer que un técnico de laboratorio le diera su contraseña con una sonrisa estúpida en la cara, convencido de que estaba ayudando a la chica más encantadora que había visto en su vida.

El tren se detuvo. La estación cercana a la U.A. estaba llena de estudiantes aspirantes y turistas que miraban la academia con asombro.

Liliana se ajustó la mochila, manteniendo su aura de insignificancia como un escudo. Caminó hacia la entrada de proveedores. Era hora de que el ratón entrara en la guarida del león. Y si el león despertaba, descubriría que el ratón tenía colmillos.


El pasillo del ala administrativa de la U.A. se extendía ante ella como una garganta blanca y estéril. Al final del tramo, custodiando el acceso al ascensor de alta seguridad que descendía a los niveles de detención, estaban dos figuras inconfundibles.

A la derecha, Present Mic, con su postura relajada y gesticulando mientras hablaba. A la izquierda, apoyado contra la pared con los brazos cruzados y esa mirada de perpetuo agotamiento, estaba Eraserhead.

El corazón de Liliana dio un vuelco violento. Shota Aizawa. El hombre que podía anular dones con una mirada. Si él parpadeaba y borraba su Aura Camaleónica aunque fuera por un segundo, ella quedaría expuesta: una chica civil sin credenciales reales, con un dispositivo de hackeo en el bolsillo y la intención de liberar a un criminal de guerra.

Liliana se detuvo un instante, fingiendo acomodar las cajas de suministros médicos que llevaba en un carrito rodante que había tomado prestado de un armario de limpieza unos metros atrás.

«Hazlo», se ordenó a sí misma. «Hazlo y Shigaraki no tendrá más remedio que admitir que eres útil. Que eres necesaria».

La imagen de Tomura mirándola —no a través de ella, sino a ella— fue el combustible que necesitaba. Cerró los ojos y exhaló todo rastro de confianza, orgullo o malicia. Cuando los abrió, su postura se había derrumbado. Sus hombros cayeron, su barbilla tembló.

Activó el Modo Sumiso con una intensidad que nunca antes había intentado. No quería ser invisible; quería ser lastimosa. Quería ser tan insignificante, tan aburrida y tan inofensiva que el cerebro de un héroe profesional se negara a procesarla como una amenaza.

Empujó el carrito. El chirrido de las ruedas sobre el linóleo resonó como un disparo en el silencio del pasillo.

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Present Mic fue el primero en reaccionar. Giró la cabeza hacia el ruido.

—¡Oh! —exclamó Hizashi Yamada.

La onda psíquica de Liliana lo golpeó de lleno. Mic no vio a una intrusa; vio a una pobre chica de logística, probablemente una becaria mal pagada, cargando peso extra.

—Cuidado ahí, Eraser —dijo Mic, apartándose exageradamente y empujando levemente a su compañero con el codo—. Deja pasar a la señorita, estamos estorbando el tráfico.

Pero Aizawa no se movió de inmediato.

Los ojos oscuros de Eraserhead se clavaron en Liliana. El tiempo pareció estirarse, volviéndose una sustancia viscosa y lenta. Liliana mantuvo la cabeza gacha, dejando que su flequillo ocultara sus ojos, pero sintió la mirada del héroe recorriéndola como un escáner.

Aizawa era paranoico por naturaleza. Su instinto le decía que nadie debería estar allí en ese momento. Sus músculos se tensaron ligeramente bajo su bufanda de captura.

Liliana apretó los manubrios del carrito con los nudillos blancos. «Mírame y ve lo que quieres ver. Soy débil. Tengo miedo. Tengo miedo de ti».

Proyectó una oleada de terror puro hacia él. No miedo a ser descubierta, sino miedo a la autoridad. Miedo al “Héroe que borra dones”.

Aizawa vio los nudillos blancos. Vio el temblor en las piernas de la chica. Vio cómo ella evitaba desesperadamente hacer contacto visual con él. Su mente lógica, bajo la sutil pero constante presión del don de Liliana, conectó los puntos erróneamente: Está aterrorizada porque estoy aquí. La pongo nerviosa. Es solo una civil intimidada por los héroes.

El brillo de sospecha en los ojos de Aizawa se apagó, reemplazado por un suspiro de cansancio.

—Adelante —murmuró Aizawa con voz rasposa, descruzando los brazos y haciéndose a un lado con desgana.

Liliana no levantó la vista. Murmuró un “con permiso” casi inaudible, con la voz quebrada perfecta, y empujó el carrito entre los dos héroes.

Pasó tan cerca de Aizawa que su brazo rozó la tela de su traje negro. Podía sentir el calor corporal del hombre que podría destruirla en un instante. Fue un segundo de adrenalina pura, más embriagador que cualquier droga. Estaba engañando a lo mejor de lo mejor. Se estaba burlando de ellos en su propia casa.

Llegó al panel del ascensor, presionó el botón con un dedo tembloroso y esperó. Esos cinco segundos hasta que las puertas se abrieron fueron una eternidad. Sentía la espalda de Aizawa detrás de ella como un rifle apuntándole a la nuca.

—…deberíamos ir a la cafetería antes de bajar con Tsukauchi —oyó decir a Mic, su voz ya lejana, desinteresada. Ya la habían olvidado.

Las puertas del ascensor se abrieron. Liliana entró y presionó el botón del nivel subterráneo.

Las puertas de metal se cerraron, ocultando a los héroes de su vista.

En el instante en que el ascensor comenzó a descender, la transformación fue instantánea y escalofriante. La postura encorvada de Liliana desapareció. Se enderezó cuan alta era. El temblor de sus manos cesó de golpe.

Levantó la cabeza hacia el techo del ascensor y una sonrisa lenta, afilada y triunfante se dibujó en sus labios rosados. Sus ojos marrones brillaron con una malicia que habría helado la sangre de Present Mic.

Lo había hecho. Había convertido a Eraserhead en su portero.

—Eres mía, U.A. —susurró, mientras los números del panel descendían hacia la oscuridad donde aguardaba el Doctor.

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Ahora venía la parte fácil: sacar al viejo. Lo difícil ya estaba hecho. Y cuando le contara esto a Shigaraki… oh, cuando él supiera cómo había pisoteado el orgullo de la U.A. sin levantar un solo dedo, tal vez, solo tal vez, él le dedicaría esa sonrisa torcida que ella tanto anhelaba.

El ascensor hizo ding. Nivel -4.


Hasta aquí se queda la historia por hoy ¿Qué les pareció? ¡Cuéntenmeeeeeee! Yo estoy impactada, fascinada, emocionada, impresionada… etc. etc. todo-HADA! ✨

¡Esperen el Acto 2, se pone mejor se los prometo!

♥︎❤︎ Si también quieren participar en mi cumpleaños villanesco acá les dejo mi wishlist ❤︎♥︎

¡Hasta la próxima lectura!

4 thoughts on “♡⭒。 𝓛𝓲𝓵𝓲𝓻𝓪𝓴𝓲 – 𝗔𝗖𝗧𝗢 𝟭 。⭒♡

  1. Ay! Que estrés! Yo te estaría exigiendo que subas el resto de la historia. Me alegra mucho que la estés disfrutando.

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