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♡ ACTO 1
♡ ACTO 2
♡ ACTO 3
AUTORA: Issy 𖹭
⚠️Aviso: Contenido para mayores de edad ⚠️
La luz de la mañana se filtraba por el gran ventanal de la mansión, bañando la habitación en una claridad pálida y fría que contrastaba con la oscuridad de la noche anterior. El zumbido de la pantalla hacía horas que se había apagado, pero las palabras de All For One seguían flotando en el aire como polvo tóxico.
«Una cadena…»
Tomura Shigaraki estaba sentado en el borde de la cama deshecha, completamente vestido con su traje de combate y el abrigo rojo de comandante sobre los hombros. En sus manos, sin embargo, no sostenía un plan de batalla, sino una tira de cuero negro y frío con hebillas de plata.
—Liliana —dijo. No alzó la voz. No hizo falta.
Liliana salió del baño contiguo. Llevaba el cabello suelto, cayendo como una cortina de seda negra sobre sus hombros desnudos. Al ver lo que él tenía en las manos, se detuvo un instante. Sus ojos recorrieron el objeto y luego subieron al rostro de Tomura. Entendió la intención antes de que él pronunciara una sola palabra.
Sin dudarlo, caminó hacia él. El sonido de sus pasos descalzos fue lo único que rompió el silencio. Al llegar frente a sus piernas, se dejó caer de rodillas sobre la alfombra.
Levantó la barbilla, exponiendo su cuello. Una ofrenda. Una invitación.
Shigaraki se inclinó hacia adelante. El cuero crujió en sus manos.
—El viejo dijo que eras una debilidad —murmuró Shigaraki, su voz rasposa rozando la piel de ella—. Dijo que el apego es una cadena que me impide ascender.
Pasó la correa alrededor del cuello de Liliana. El cuero estaba frío, pero sus dedos, que rozaron la nuca de ella para cerrar la hebilla, estaban calientes.
Click.
El sonido del cierre metálico resonó con finalidad. Shigaraki no retiró la mano. Agarró la correa de cuero que colgaba del collar y tiró suavemente, obligándola a arquear la espalda y acercarse más a él, hasta que pudo sentir el aliento de ella en sus rodillas.

—Se equivoca —continuó Tomura, mirando el collar con una satisfacción oscura—. Él cree que el poder es flotar solo en el vacío. Pero si flotas demasiado alto… te olvidas de qué es lo que estás pisando.
Apretó el agarre en la correa, enrollándola una vez alrededor de su mano enguantada. Ahora que podía controlar su Deterioro, podía permitirse estos juegos de tensión. Podía sujetar sin romper.
—Tú no eres una cadena que me retiene, Liliana.
Liliana lo miró desde abajo, con esa devoción febril en sus ojos dorados por la luz del sol. Puso sus manos sobre las rodillas de él, anclándose.
—¿Qué soy entonces, Tomura? —susurró ella.
Shigaraki tiró de la correa, obligándola a levantarse un poco más, hasta que sus rostros quedaron alineados.
—Eres la correa —dijo él con firmeza—. La única cosa que evita que me pierda en el abismo de All For One. Cuando el poder en mi cabeza sea demasiado ruidoso, cuando quiera destruirlo todo hasta no dejar nada… sentiré tu peso en el otro extremo.
Acarició la mejilla de ella con el pulgar, mientras mantenía la tensión en el cuero con la otra mano.
—Tú me mantienes aquí. Me mantienes real. Y mientras yo sostenga esta correa… —sus ojos rojos brillaron con una promesa letal—… nadie, ni siquiera él, podrá decir que no tengo el control.
Liliana sonrió. Era una sonrisa de triunfo absoluto. All For One había intentado usarla para debilitar a Shigaraki, pero solo había logrado darle una razón para atarla más fuerte a él.
—Nunca me soltaré —prometió ella, rozando su mejilla contra la mano que sostenía la correa—. Tira de mí hacia donde quieras, mi Rey. La guerra puede empezar.
Shigaraki soltó el aire que había estado conteniendo. La imagen de ella a sus pies, encadenada por voluntad propia, silenció las dudas que el Maestro había sembrado en su mente.
Miró hacia la ventana, hacia el horizonte donde los héroes seguramente ya se estaban agrupando.
—Bien —dijo Shigaraki, poniéndose de pie y obligándola a levantarse con él mediante un tirón firme de la correa—. Levántate, Lili. Es hora de mostrarles a esos falsos héroes lo que pasa cuando se rompen las cadenas… y solo queda el monstruo.
La gran sala de conferencias de la Villa Gunga era un monumento a la ambición desmedida. Una mesa de caoba lo suficientemente larga para sentar a veinte personas dominaba el centro, rodeada por los líderes del recién formado Frente de Liberación Paranormal.
El aire estaba cargado de humo de cigarrillo y ansiedad.
A un lado de la mesa, los antiguos líderes del Ejército de Liberación: Re-Destro, ahora con prótesis mecánicas en las piernas, tamborileaba sus dedos con impaciencia. A su lado, Skeptic tecleaba furiosamente en su laptop, murmurando sobre protocolos de seguridad. Trumpet limpiaba sus gafas con un pañuelo de seda, visiblemente nervioso.
Al otro lado, el caos puro de la Liga de Villanos. Toga estaba sentada sobre la mesa, balanceando las piernas y tallando caritas sonrientes en la madera con una navaja. Twice discutía consigo mismo en voz baja. Spinner mantenía los brazos cruzados, estoico como siempre. Y en el extremo, alejado de todos, Dabi yacía repantigado en su silla, con los pies sobre la mesa, mirando al techo con un aburrimiento que insultaba a todos los presentes.
—Lleva cuarenta minutos de retraso —siseó Skeptic, cerrando su laptop de golpe—. Tenemos informes de movimientos de héroes en tres prefecturas. Si el Gran Comandante no se toma esto en serio…
—Relájate, frente de computadora —bostezó Dabi, sin mirarlo—. El jefe probablemente está ocupado jugando videojuegos. O jugando a algo más.
Las puertas dobles del fondo se abrieron. El sonido pesado de la madera al chocar contra las paredes silenció la sala al instante.
No entró un niño berrinchudo. Entró un Rey.
Tomura Shigaraki cruzó el umbral. Su abrigo rojo ondeaba tras él como una capa de sangre seca. Su postura había cambiado; ya no caminaba encorvado, rascándose el cuello. Caminaba erguido, con una calma depredadora que helaba la sangre mucho más que su antigua histeria.
Y a su lado, caminando al mismo paso —no detrás, sino a la par— iba Liliana.

La visión de ella provocó un murmullo inmediato entre los miembros del Ejército de Liberación. El vestido negro se ceñía a su figura, y en su cuello, visible para todos, brillaba el collar de cuero negro con hebillas de plata. Para un ojo inexperto, parecía una sumisión. Para los que sabían leer el lenguaje del poder, era una declaración: Ella lleva la marca de la bestia, y sigue viva.
Shigaraki llegó a la cabecera de la mesa. No se sentó. Puso una mano sobre el respaldo de la silla presidencial. Sus cinco dedos tocaron el terciopelo y la madera.
Re-Destro contuvo el aliento, esperando que la silla se desintegrara.
No pasó nada.
Shigaraki miró a sus generales, uno por uno, con sus ojos rojos brillando con una lucidez aterradora.
—Informe —dijo Tomura. Su voz era baja, pero resonó en las esquinas de la sala.
Skeptic se aclaró la garganta, poniéndose de pie y ajustándose el cuello de la camisa. Miró con desdén a Liliana.
—Comandante, tenemos asuntos críticos de logística y despliegue de tropas. Estos son temas de clasificación Alfa. —Skeptic señaló a Liliana con un dedo acusador—. El protocolo dicta que el personal no esencial, consortes y civiles deben abandonar la sala de guerra. No podemos discutir el destino de Japón frente a la… compañía nocturna.
El silencio que siguió fue absoluto. Toga soltó una risita nerviosa. Dabi sonrió, esperando el espectáculo.
Shigaraki inclinó la cabeza ligeramente. No parecía enojado; parecía curioso.
—¿Personal no esencial? —repitió Tomura suavemente.
Antes de que Shigaraki pudiera levantar un dedo, Liliana dio un paso adelante. No miró a Tomura buscando permiso. No miró al suelo. Sus ojos oscuros, delineados con la precisión de una navaja, se clavaron en Skeptic.
Activó su Aura Camaleónica. Pero no usó la faceta de sumisión para pasar desapercibida, ni la de seducción pura. Moduló su frecuencia psíquica para proyectar algo mucho más específico: Competencia Ejecutiva Absoluta.
Por un momento, a los ojos de todos en la sala, ella ya no parecía una chica joven con un vestido provocativo. Su presencia se sintió antigua, pesada, burocrática y aterradora. Se sintió como la persona que firma tu sentencia de muerte sin levantar la vista de un papel.
—Tomoyasu Chikazoku —dijo Liliana, usando el nombre real de Skeptic. Su voz era fría, metálica—. Tienes tres satélites monitoreando la costa este, pero has dejado un punto ciego en los túneles subterráneos de la montaña Gunga porque asumes que los héroes no tienen jurisdicción allí.
Skeptic parpadeó, aturdido.
—¿Cómo sabes…?
—Porque leí tus informes anoche mientras tú dormías —lo interrumpió ella, caminando lentamente alrededor de la mesa. Sus tacones marcaban un ritmo hipnótico—. Asumes que los héroes jugarán limpio. Asumes que vendrán por la puerta principal.
Liliana se detuvo detrás de la silla de Re-Destro. El gigante se tensó, pero no se atrevió a moverse.
—Endeavor no viene a arrestarnos, Chikazoku. Viene a exterminarnos. Y si sigues preocupándote por quién está en la cama de quién en lugar de reforzar los sensores sísmicos del sector 4… —Liliana se inclinó sobre la mesa, apoyando las manos en la madera pulida, mirando a Skeptic desde arriba—… entonces tú eres el “personal no esencial”.
Skeptic abrió la boca para replicar, pero las palabras no salieron. Su cerebro, bombardeado por el Don de Liliana, le gritaba que ella tenía razón. Que ella era superior. Se sintió pequeño, incompetente. Se sentó de golpe, sudando frío.
—Ella se queda —dijo Shigaraki. No fue una defensa apasionada. Fue una constatación de un hecho, tan inmutable como la gravedad—. Liliana habla por mí cuando yo no quiero gastar saliva. Su voz es mi voz.
Tomura finalmente se sentó, relajado, como un rey en su trono. Hizo un gesto vago con la mano hacia Liliana.
—Continúa. Diles dónde se equivocan.
Liliana asintió y caminó hacia el mapa holográfico proyectado en el centro de la mesa.

—Spinner —dijo ella, mirando al lagarto—. Mueve al regimiento Marrón a la retaguardia. Necesitamos proteger las rutas de escape, no solo la ofensiva.
—Entendido —respondió Spinner automáticamente, cuadrándose como un soldado. Luego parpadeó, sorprendido de haber obedecido tan rápido, pero sin sentir la necesidad de cuestionarla.
—Toga, Twice —continuó ella—. Ustedes son el caos. No quiero que mantengan una posición. Quiero que fluyan. Si ven una línea de héroes formándose, rómpanla.
—¡Sí, mi capitana! ¡A la orden, señora oscura! —exclamó Twice, haciendo un saludo militar exagerado.
Finalmente, la mirada de Liliana recayó en el extremo de la mesa. En Dabi.
El usuario de fuego azul no había cambiado de postura, pero su sonrisa burlona había desaparecido. La miraba con ojos entrecerrados, analizando.
—¿Y yo qué? —preguntó Dabi con voz arrastrada—. ¿Tengo que pedirte permiso para ir al baño también, Reina?
La tensión volvió a dispararse. Dabi era el único cuyo orgullo era casi inmune a la manipulación mental directa.
Liliana no intentó someterlo. Sabía que con Dabi, el respeto se ganaba con fuego, no con trucos mentales.
—Tú haces lo que mejor sabes hacer, Dabi —dijo Liliana, suavizando su tono, dándole un reconocimiento que él ansiaba en secreto—. Quema todo lo que se interponga en el camino de Tomura. Eres el único en quien confiamos para convertir el bosque en un infierno si las cosas salen mal.
Dabi la sostuvo la mirada unos segundos más. Buscaba condescendencia, buscaba debilidad. Solo encontró pragmatismo frío.
—Hmph —bufó Dabi, bajando los pies de la mesa—. Bien. Mientras pueda quemar cosas.
Liliana se giró y regresó al lado de Shigaraki. Se quedó de pie a su derecha, con las manos entrelazadas a la espalda, una estatua perfecta de lealtad y poder.
Shigaraki sonrió. Era una sonrisa terrible que mostraba demasiados dientes. Estaba orgulloso. No de una manera sana, sino de la manera en que un niño está orgulloso de que su monstruo favorito sea el más fuerte.
—Ya escucharon —dijo Tomura, levantándose. Al hacerlo, puso su mano sobre el hombro de Liliana, sus dedos rozando el collar de cuero—. Preparen a las tropas. Los héroes creen que nos tomarán por sorpresa.
Apretó el hombro de Liliana, un gesto de aprobación silenciosa.
—Vamos a enseñarles que aquí solo hay depredadores.
La reunión se disolvió en un torbellino de actividad. Skeptic corrió a sus computadoras. Re-Destro comenzó a ladrar órdenes por su comunicador.
Mientras la sala se vaciaba, Shigaraki se inclinó hacia el oído de Liliana.
—Buen espectáculo —susurró él, su aliento caliente contra su oreja—. Te ves bien dándoles órdenes. Casi hace que quiera darte una a ti ahora mismo.
Liliana sintió un escalofrío recorrerle la espalda, una mezcla de miedo y excitación que solo él podía provocar.

—Guardalo para después de la victoria, Tomura —respondió ella en un susurro, rozando su mano con la de él—. Ahora… tenemos una guerra que empezar.
En ese momento, una sirena aulló en la distancia. Un sonido grave, profundo, que hizo vibrar el suelo bajo sus pies.
BOOM.
La primera explosión sacudió los cimientos de la mansión. El polvo cayó del techo.
Shigaraki miró hacia la puerta, sus ojos inyectados en sangre brillando con una alegría maníaca.
—Llegaron —dijo él.
Liliana se ajustó el collar, respiró hondo y activó su Don al máximo.
—Que pasen —dijo ella—. Estamos listos.
Hasta aquí la historia del acto 4. Cada vez se pone más bueno esto poldiooooooooooo! Que no acabeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee! AAAAHH!
La autora y yo les estaremos leyendo jiji
¡Hasta la próxima lectura!
